Hace unas semanas, vino la Policía a buscarme. La Policía Local. “Una multa”, pensé con cierta inquietud. Pero no. En realidad, el agente venía a hacerme un honor.
Me ha tocado ser suplente 3ª del 2º vocal de mi mesa electoral el próximo día 25. Sí. Algunos pensarán que estoy pirada por alegrarme de semejante marrón —o engorro, en el mejor de los casos―, pero yo siempre me emociono en los días de elecciones y siento un gran reconocimiento hacia esas personas que colaboran para que todos podamos votar tranquilamente y conocer en pocas horas el resultado de nuestra decisión soberana. Me parece maravilloso ese “todos a una” que se produce con cada votación. Aunque te nombren el último posible mono de una más de las decenas de miles de mesas que pueden constituirse en una jornada electoral, el hecho tiene un gran significado.
Y es que todos contamos. Todos somos importantes, aunque también seamos anónimos, modestos y discretos. Nuestra participación es necesaria y trascendental.
No tendré —es lo más probable— que formar parte de la mesa, pero estaré disponible y lo haré con sumo gusto. Es estupendo vivir en un país democrático, porque, aunque necesitemos airear, refrescar, regenerar el sistema tanto como lo estamos necesitando en este momento, tenemos los medios para hacerlo. Civilizadamente. Pacíficamente. Democráticamente. Cívicamente. En otros lugares del mundo, no tan lejamos —ya todo está cerca—, la gente está muriendo hoy, ahora, por conseguir lo que nosotros tenemos. Los que pueden buscan refugio entre nosotros. También aquí y en otros países que nos precedieron y siguieron costó vidas y siglos. Acabamos de celebrar que hace 200 años supimos darnos una Constitución que nos cambió de súbditos a ciudadanos. Hoy somos más poderosos con votos, con participación, con organización, con compromiso cívico, con palabras, con ciudadanía, que con ninguna otra cosa. No necesitamos el desorden, ni la violencia. ¿A quién le convienen? Visibilidad, sí, por supuesto. Pero apoyada firmemente en la asunción de la responsabilidad individual y colectiva, el respeto a las reglas de juego, un discurso bien fundamentado, una acción positiva: capacidad real de influencia. Necesitamos pensamiento crítico, rebelión responsable, acción consecuente, iniciativa. Y también paciencia. Paciencia activa, es decir, constancia. Para recuperar lo que la distraída y traicionera comodidad nos ha hecho abandonar: nuestra soberanía. El poder ciudadano, la auténtica soberanía del pueblo reside en su capacidad de dejar de ser una masa informe y manipulable para constituirse en sociedad civil, dueña de su destino. Reconozcamos que hemos hecho dejación de ciudadanía y tomemos la iniciativa. Tenemos el sistema y los medios adecuados. Y somos muchos más. Un refresco, por favor.

