viernes, 9 de marzo de 2012

Por favor, lean al Sr. Bosque, pero... háganlo sin prejuicios.

      Ante el tono y el contenido de las críticas que viene recibiendo el informe del académico de la lengua Ignacio Bosque, me pregunto por un lado si quienes tan acremente le critican se han tomado la molestia de leerlo y, por otro, si los que lo han leído lo han hecho libres de prejuicios.

      En cuanto a los primeros, sorprende la frecuencia y la facilidad con la que nos lanzamos a opinar —incluso vehementemente— sobre cuestiones de las que no sabemos lo suficiente. Cuando se trata de dar recomendaciones “autorizadas”, que incluso aspiran a ser normativas, esta ausencia de rigor resulta especialmente grave. Bosque señala en su informe que la mayoría de las guías de lenguaje no sexista analizadas por él “han sido escritas sin la participación de los lingüistas”. ¿Cómo es posible? Son guías elaboradas por universidades, sindicatos, organismos públicos,… Bosque viene a aportar la mínima documentación que deberían haber buscado los autores de dichas guías antes de escribirlas.

      Respecto a los segundos, algunos de ellos profesionales de la lengua, no puedo comprender que rechacen los argumentos del informe, presuponiendo una mentalidad retrograda en los académicos y despreciando su autoridad profesional, y defiendan un forzamiento del lenguaje que a todas luces lo empobrece; ni entiendo que, compartiendo como comparten la concepción de la lengua como un organismo vivo, confíen tan poco en nuestra capacidad como hablantes de aprovechar sus recursos de una manera natural, espontánea, creativa y respetuosa.

      “El propósito último de las guías de lenguaje no sexista —dice Bosque en su artículo— no puede ser más loable”. Yo también estoy plenamente convencida de la buena voluntad de sus autores. Pero el forzamiento lingüístico que propugnan solo conseguirá hacer aun más soporíferos los discursos oficiales, más incomprensibles las leyes y documentos institucionales, ilegibles los manuales de formación… Dudo mucho de que resuelva la violencia doméstica, equipare los salarios o lleve a más mujeres a los consejos de administración. Corremos, así, las mujeres, el riesgo de que se nos haga tediosamente “visibles”, aunque no estemos presentes, aunque sigamos sufriendo abusos, discriminaciones y ninguneos. Resultaría terriblemente perverso. No pensaremos ni actuaremos mejor hablando peor. La lucha está en otros frentes.

      Dejemos vivir al organismo. Cambiemos de verdad nuestra mentalidad y nuestra realidad y, de forma natural, se amoldará nuestro lenguaje. Así llegará un momento en que ni “gobernanta”, ni “asistenta”, ni “médica”, ni “jueza” nos sonarán  despectivos, porque no tienen por qué serlo, y en que palabras como “coñazo” y “cojonudo” —sexistas hasta la médula— estén a punto de salir del diccionario por desuso. O —¿quién sabe?— quizá hayamos incorporado equivalentes feministas. Efectivamente, la lengua es el resultado de nuestro uso. Y, lo queramos o no, termina por retratarnos. Cuidémosla un poco y ella cuidará de nosotros.[1]

      Por favor, lean el informe de Ignacio Bosque. Léanlo sin prejuicios. Es muy oportuno. Está bien escrito. Se comprende. No es gris. Y no es, en absoluto, sexista.



[1] Ángel Gabilondo esta mañana en el programa de Juan Ramón Lucas en RNE: “Se empieza descuidando el lenguaje y bien pronto se acaba descuidándose uno de sí mismo y de los demás".
Nota: La imagen que ilustra esta entrada está tomada de Google. Me gustaría reconocer su origen, pero lo desconozco, pues aparece en diferentes blogs.


No hay comentarios:

Publicar un comentario